Un amor épico en el nuevo cine polaco

“Cold War”, del director Pawel Pawlikowski, es la última gran producción cinematográfica del 2018 con la que deberías comenzar el visionado de este nuevo año.

La historia arranca a modo de Road Story, cuando Wiktor e Irena, directores de una academia Polaca de música y baile folklórico, recorren con una grabadora de sonido las regiones más retiradas de su país, en rescate del repertorio de raíz que conserva la tradición popular.

Esta primera sección recuerda el trabajo de Werner Herzog “Letzte Worte” (1968). Ambas películas retratan a músicos tradicionales en su espacio cotidiano, mientras miran directamente al lente con ojos vidriados y dejan escapar inauditas melodías. Pawlikowski parece servirse de aquel recurso documental para sumergir desde el primer minuto al espectador en la cultura polaca.

La recolección musical prontamente es llevada a la partitura por Wiktor y de vuelta en la academia comienza la selección de bailarines. La juventud forma filas en los pasillos de un edificio señorial y marchito de cuyo interior escapan las voces de los primeros participantes. Para Wiktor no pasa desapercibida la presencia de Zula, una chica rubia cuyo carácter llama la atención.

Durante la primera presentación oficial del conjunto, el romance entre Zula y Wiktor se desata, inevitable. De aquí en más, el destino interpondrá todo tipo de pruebas para separarlos, desde la intromisión de un colega, pasando por la vigilancia en las fronteras que dificulta una fuga, hasta el riesgo de pagar por traición al régimen comunista que en aquel entonces regía en la URSS pero también en Polonia, Yugoslavia y Berlín.

La historia de las peripecias que aturden la relación y exprimen las fuerzas de sus protagonistas, funciona como un claro guiño a la arquetípica leyenda germánica de Tristán e Isolda en la que, para sus protagonistas, el mayor motivo para seguir con vida era el de poder permanecer unidos, a pesar de que toda fuerza externa parecía contradecir la posibilidad de llevar en paz su relación.

París servirá de breve refugio para encuentros mediados por años, en ocasiones décadas. En su mejor momento, la pareja pondrá manos a la obra para crear perfectas adaptaciones del repertorio que solían ejecutar en Polonia, pero ahora en clave Jazz. La música es absolutamente hipnótica y el bar “L éclipse” sirve de perfecto escenario para esta sección que hará las delicias para los amantes del cine noir.

Un mutuo descuido prepara la pista para la tragedia en el desenlace del  film, que arrastra a la pareja de vuelta a su país de origen y asigna un nuevo significado a su relación, uno trascendente, casi místico. La guerra y la brutalidad del régimen soviético asoman como un fantasma más cercano en los últimos minutos.

El blanco y negro, el formato cuadrado en vez del wide-screen, la música polaca y un guión que reflexiona sobre la posibilidad de un amor místico, hacen de “Cold War” una película anómala y fascinante. A ratos parece un rollo rescatado de una videoteca de neorrealismo italiano, pero filmada hace muy poco. La historia de un amor épico traída de un pasado no tan lejano a un presente en el que aquella perspectiva parece agotada por un ritmo de vida inmediato.

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