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Música

El arresto que cambió al Jazz

RESONANCIAS 02
Cuando un arresto injusto prohibió a Thelonious Monk hacer música en vivo por seis años, se refugió en su estudio para dar a luz su mayor obra y redefinir el sonido del jazz.

Corre el año 1951 y la ciudad de Nueva York se prepara para otro invierno nevoso. Por la noche, las avenidas se despejan  y pareciera que los peatones se apresuran en busca de alguna bebida caliente o un lugar cubierto en el que estrujar los abrigos.

Uno de esos lugares se llama Milton´s Jazz Club y desde su interior asoma una bataola de voces tecladas que obligan a voltear la vista a los que pasan por afuera. Está dando un concierto Thelonious Monk, un joven pianista que, como otros de su generación, acude a estos clubes después de que los shows de Big Bands, hechos para el gran público blanco, hayan terminado.

Aquí se puede improvisar y dejar de lado el dogmatismo rítmico y melódico del Swing bailable. A los jóvenes que frecuentan estos bares de madrugada se les apoda hípsters, beben en silencio, visten trajes y se amanecen recorriendo el circuito de los clubes donde la improvisación es el plato principal. Ellos no han venido a bailar sino a escuchar Be Bop, una música virtuosa, acelerada y subterránea.

Al final de la noche, mientras los músicos se preparan para partir, Monk comparte unas palabras junto a Bud Powell, quien le pide que por favor le ayude a llevar sus cosas. Una patrulla policial que rondaba la cuadra les ve salir y se acerca a inspeccionarlos (presumiblemente, porque el color de su piel es negro). Encuentran estupefacientes en el equipaje de Monk. Lo golpean, lo detienen y retienen su carnet de músico… por seis años.

Al arresto le sigue un largo periodo de mutismo. Monk desaparece y ninguno de sus colegas ha sabido de él en meses. Su familia habla de llevarlo a un psiquiatra pero él se niega a salir. Al trauma de la golpiza le ha sucedido un silencio profundo, un verdadero mantra que se ha filtrado en su música. Quizás de esta experiencia de reclusión provenga su frase más famosa: ”a veces aquello que no toques puede ser más importante que lo que toques”.

Tras casi dos años de ausencia, por motivos contractuales Monk graba un último disco a pedido del sello Blue Note en el que incluye piezas inéditas, “Genious of modern music: Vol. 2” (1952). Sus composiciones son lentas, desarticuladas, las notas del piano parecieran sonar cuando no se les convoca, todo flota y tropieza. Los músicos que le acompañan no lo entienden porque él dice que él quiere acompañarlos. Al final, la grabación resulta incómoda pero sin embargo llama la atención en la crítica especializada.

Al año siguiente Miles Davis aparece por su casa, Sonny Rollins y Art Blakey. Verdaderas leyendas que quieren grabar con Monk porque saben que en sus manos se entreteje el futuro del jazz, han oído su último disco y quieren escuchar más. Es como si Monk hubiera desacelerado al Be Bop, pero manteniendo las disonancias, la improvisación, es como si se hubiera abierto el sol en la ciudad cuando sus nuevos sencillos, producidos por Prestige son aguijoneados y  puestos a girar por la madrugada.

Ya han pasado cuatro años de encierro y el “monje” cuenta más de cien piezas nuevas. Algunas se esconden entre los muebles de su estudio, otras las regala a amigos y unas cuantas más se pierden en el anonimato que habita. Ahora está listo para mostrar su gran secreto, el motivo por el cuál casi no ha puesto un paso en la ciudad que quiso apresarlo.

Es 1956 y Prestige auspicia la grabación fresca e inaudita del disco que cambió el curso del jazz y lo atrajo hacia un tempo relajado y un universo melódico caótico e hipnotizante: “Brilliant Corners” (1956), condensa la odisea creativa a la que Monk se enfrentó durante los años en que se le prohibió tocar en vivo. Prácticamente cada canción del álbum se convirtió en un clásico, en un standard del jazz y consolidó una manera de tocar el piano que hasta el día de hoy es imitada, como dejando caer las manos en los momentos más inesperados, como hilvanando una voz entre peldaños y señalando, rincones brillantes.

Al año siguiente conocería a John Coltrane, otro músico que comprendió el poder de la balada como medio para explorar las fronteras del jazz y que invitaría a girar al pianista que vivió como preso de su creatividad. El éxito de Brillant Corners, le brindó a Monk el status de superestrella y seis años después de aquel lanzamiento su rostro estaría en la portada de la revista Time, quien lo nombró uno de los músicos más influyentes del siglo XX.

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